domingo, 12 de agosto de 2012

ARRECIFES


No había practicado snorkel en mi vida. Alguna vez buceaba conteniendo la respiración. Por lo general en una piscina; o  en mar abierto, a escasos metros de la orilla.
Tampoco duraban mucho aquellas inmersiones. El miedo entornaba mis ojos y me forzaba a consumir  las reservas de oxígeno.
Pero aquel día de Septiembre estábamos  suspendidos sobre el segundo arrecife de Coral más grande del mundo. Setecientos kilómetros desde la Península de Yucatán hasta Honduras. Sesenta tipos de corales y quinientas especies de peces. Era una oportunidad única.
Es jueves. El sol refulge sobre nuestras cabezas  y la barcaza está fondeada en un mar plácido y esmeralda. Basta con observar la superficie para distinguir los corales, los peces y  la arena. Una arena  blanca y fina surcada por sombras de agua ondulante.
Mientras el patrón nos explica de qué forma hemos de ajustar el salvavidas,  la máscara y las aletas, sellar los labios alrededor de la boquilla del tubo y  respirar por la boca, siento que el mar me llama como un gentil y hercúleo  tritón hacia sus aguas tranquilas.
Después de escuchar su arenga, comienzo a descender por una escalera de la barcaza y a sumergirme en el agua templada y sedosa, hasta desprenderme por completo del pasamanos y bracear. Calculo que el fondo puede estar a unos cinco metros. Pensar en el mundo de criaturas submarinas que bulle bajo mis pies me produce desasosiego.
Observo que el instructor efectúa un movimiento ostensible con su brazo en alto. Es la señal de inmersión. Me ajusto las gafas para sellarlas bajo la nariz, introduzco el tubo en la boca y comienzo a respirar a través de él. Estoy lista, pero no acabo de decidirme. Retiro el tubo y vuelvo a colocar la máscara por encima de mis cejas.
Formamos un grupo de diez personas, todas vueltas hacia el fondo, con el cuerpo en horizontal y dando la espalda al sol del mediodía. Yo continúo braceando. Mis piernas han contactado con un objeto  suave.  Noto como se mueve, y eso dispara mi imaginación.
El instructor emerge para vigilar el grupo. Continúo petrificada,  incapaz de moverme desde el lugar que ocupo en el agua, a escasa distancia del bote. El se percata y  comienza a nadar en mi dirección. Cuando llega junto al bulto que formo en la superficie,  hunde su cabeza en el manto de agua. Siento una especie de tirón bajo mi cintura. Emerge de nuevo, se ajusta la máscara a la altura de la  frente y  me observa arqueando ambas cejas.
-Es la cuerda del salvavidas –
-¿Lo que me está rozando? -inquiero presa del terror.
-Lo que rozabas-corrige  –. Ya está solucionado-
Le doy las gracias. Tengo las gafas sobre la frente y el tubo pende de un lateral. No hago ademán de ajustármelos. El hombre de piel canela adivina mi inquietud.
-¿Y ahora qué?. ¿Tienes miedo?- pregunta.
-Mucho- afirmo con rotundidad.
Sonríe. Parece que mi franqueza le divierte. A mí no.  El es un experto buceador y yo una mujer asustada que inventa monstruos marinos y no está para sonrisas.
- Una respuesta valiente. ¿Es la primera vez?-
¿Qué puedo hacer, excepto asentir?. Frunce el ceño y prosigue con voz cautelosa:
-Haremos una prueba antes de empezar. Ajústate el tubo y la máscara y, sin cambiar de posición, inclina la cabeza para introducirla en el agua todo el tiempo que puedas. Respira siempre por la boca, ¿de acuerdo?. Adelante, hazlo. Yo estaré aquí-

Lo que dice suena convincente.
“Ahora o nunca”, pienso en un alarde de valor.  Una parte de mí se mesa los cabellos y ordena que vuelva de inmediato a la barcaza.  Oigo su consternado grito barruntando peligro, pero la curiosidad dirige ahora mis actos. Introduzco la cabeza en el agua y escucho el murmullo del aire al atravesar el tubo. El resto es puro silencio.
 La belleza que oteo en las profundidades no admite comparación con cualquier paisaje que haya presenciado anteriormente. Plantas multicolores ondeando como cabellos mecidos por un viento  a cámara lenta, corales multiformes, bancos de peces rutilantes o teñidos  de arco iris con formas y tamaños diversos, rayas, pulpos, tortugas y hasta una barracuda de dientes afilados bajo la sombra que proyecta el bote. Me siento puro asombro. Como si hubiera descubierto un tesoro raro y único. El corazón me late a toda prisa, impaciente por adentrarse en ese universo cuya belleza aún no  me veo capaz de  clasificar o describir con palabras.
Cuando retiro la cabeza del manto de agua, el hombre permanece junto a mí.
-Lindo, ¿verdad?.  Y los peces te ignoran cuando tú los respetas. -le oigo decir -Creí que te quedarías ahí dentro -añade explayando una sonrisa que bajo su piel tostada resulta deslumbrante.
-Es muy hermoso. Increíble- le respondo.
El se ajusta las gafas y habla con voz nasal.
-Sígueme. Voy a mostrarte un mundo que recordarás siempre.
Hay noches en que la imagen insólita de las profundidades del arrecife aparece en mi sueño. Noches en que abro los ojos turbada por el recuerdo de tanta belleza,  me pellizco y  me digo, “Sí. Es cierto que lo viste”.

© Fotos y texto Isabel Ripoll


viernes, 10 de agosto de 2012

TITÁN


Rizo de apremiante espuma
se vuelve hoy mi pequeño,
caracola ensortijada
 entre los silbos del viento.
Ruge como el oleaje
mi niño Titán,
quiebra su espúreo coraje
en leche de sal,
fragor de caricia,
bramido espectral,
 légamo de espuma hirviente,
va y viene sobre la orilla
mi niño valiente,
con  grácil sonrisa,
y salobre afán,
a rachas de brisa,
a golpes de mar.
Hoy tiene sangre de piélago
 mi niño león,
ojos de celeste océano,
magma en el corazón.
Firme se yergue Titán,

Capitán de la marea,

niño de fébril empeño,

Capitán, mi Capitán.

A Jorge Jr., "Corazón de Títán"
Lanzarote, 8 de agosto de 2012



© Foto y texto Isabel Ripoll










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sábado, 21 de julio de 2012

CINCUENTA SOMBRAS Y UN RESQUICIO DE LUZ


-Oh Dios mío, pero ¿qué es esto?- se pregunta mi consciente -¿la historia de un pervertido sexual, obseso del control?-

Mientras escucho el discurso lógico, siento que una parte mi está disfrutando. Devora cada página con azogues de sorpresa y emoción, buscando nuevas sensaciones en el grueso baúl de legajos amarilleos que embute la cubierta. Aterrada, ceñuda, trémula y ardiente frente al sexo procaz. Incapaz de ponerle nombre o de resumir en un único adjetivo lo que acontece. No en vano resulta gozoso, extraño, arrebatador, sensual y hasta espeluznante.

Bajo el umbral de mi conciencia, el corazón y los instintos viven una dulce eclosión, como si Abril se repitiera mil veces en un nanosegundo.

Toda yo quiere saber e imaginar. Ser un trasunto de Anastasia. Transgredir los conocidos dominios del sexo vainilla hacia ese cuarto oscuro de incertidumbres, donde los instrumentos de dolor prometen placeres desconocidos, pero auguran serios daños. Y una vez en el cuarto, quiero huir a toda prisa como ella, llevándome, claro está, algunas cosas. La música de Thomas Tallis, las caricias del látigo antes de restallar, los cascos del ipod, la venda que invita a sentirse, el tacto húmedo y blando que embriaga los sentidos y esa parte enamorada, delicada, explosiva y seductora de Grey.  

El comportamiento errático y sombrío de Cristian logra turbarme. ¿Que bagaje oculta tras su extravagancia?. Es tierno y es frío. Es amo y  sumiso. Es delicado, protector, tolerante e intolerante, delicioso e iracundo, ceñudo y angelical. Un amante preciso, avezado. Y tan ocurrente.



  “…El propósito fundamental de este contrato es permitir que la Sumisa explore su sensualidad y sus límites de forma segura, con el debido respeto y miramiento por sus necesidades, sus límites y su bienestar…”.   Siento mi boca transformada en esparto al ritmo de una lujuria que se anticipa inquietante.



Recuerdo como una lectura de mi adolescencia el devastador informe Hite. Sus revelaciones sobre la precariedad del placer femenino y los incipientes juegos que, la mala conciencia, mantenía furtivos.

Aunque mi generación no constituyese el foco de aquellas entrevistas a más 3.000 mujeres anónimas y valientes, ha sufrido lo suyo para conciliar una educación en la culpa con el sexo a granel que barrió la década de los ochenta.

 Y después de tanto encaje de bolillos, resulta que en los preliminares del climaterio, comenzamos a intuir que el pecado es una trampa para dummies y  que la imaginación sexual debería asumir el poder y entrar de lleno en nuestras relaciones.

Acabo de salir de esta historia ebria de fantasía, con una sensación de transformación profunda, como si hubiera sacudido y renovado mis sólidos cimientos de mujer. Acabo de conocer a una persona con oscuridades como cualquier otra, pero que logra ser a un tiempo caballero del amor y  alquimista del placer, a una mujer con mente de bambú que decide explorarle y explorarse.

Y todo ello a través de un lenguaje sencillo, fotográfico y sensual. Un lenguaje que parece más un río de aguas frescas y cristalinas, que ese abrupto lodazal en que a veces naufraga el erotismo.

Gracias Erika Leonard por ofrecer esa visión diferente al plasmar tus fantasías y las nuestras. Y, sobre todo, por abrir un resquicio de luz en cada vida íntima con tus cincuenta sombras.

sábado, 7 de julio de 2012

UN SIMPLE DÍA DE VERANO



El niño corretea sus dos años por las lindes del jardín.

La pelota que impulsa con manitas de terciopelo, bota azarosamente y le sorprende. Despierta su risa y su generosa alegría despunta sobre el murmullo congregado al mantel.
-Muy buena la paella- exclama alguien.
-El secreto está en hornearla- asegura quién escancia vino sobre una copa de  estilizado cristal.
Entre la marea de gargantas que exhalan su rumor anodino, brotan conversaciones de a dos.
-Pareces un zombi con catarro-
-Ya te digo. ¡Con tanta alergia!-
La pequeña Carla acaba de aferrar la copa de vino. Una mano providencial le sale al paso:
-Nena que esto no es Coca-cola. Y tu padre ni se entera-
La mosca negra y oronda remonta el cristal de la copa recién aterrizada sobre el mantel. El adolescente blande su mano como un látigo.  Entre sus dedos, el insecto revolotea a oscuras, bajo la presión de la carne húmeda.
-Hace cosquillas- susurra.
-¡Qué asco!. Lávate esas manos por favor -ordena su madre.
El aire mece las hojas de los árboles y provoca un rumor de sonajero que se propaga por el jardín.
-Menos mal que estamos en la Sierra y sopla algo de viento -murmura un hombre voluminoso, al tiempo que devora su pieza de pollo. Hilos de agua recalentada descienden por su frente.
-Viento del mismo infierno- responde la mujer que acaba de darle un trago al tinto de verano. Los cabellos vienen a su cara impulsados por el golpe de aire.
-Calentito y guasón -añade.
-Así me pongo yo en los veranos -ríe el seboso.
La mujer lo mira con desidia. Por un momento se ha imaginado al gordo poniéndose dulzón. No le hace gracia alguna.
El niño ha cambiado la pelota por una chuleta. Mueve aparatosamente los labios en ademán de estar deglutiendo. Se halla en pleno jardín. A unos metros de la mesa ovalada en la que se congregan los murmullos, las risotadas, los padres y los primos más pequeños.
Whisky, el cachorro westy y albino de tío Gonzalo, ladra a sus pies. Pone ojos de aceituna negra y rabosea blandiendo su cola vertical.
El niño lo mira entornando los ojos. Decide ofrecerle su chuleta y Whisky la engulle en un santiamén.
-¡Víctor!. ¡Dios mío!- grita su madre -pero ¿qué haces dándole tu chuleta al perro?-
-Joder con Whisky- añade el tío- se la ha tragao sin respirar, como el vino-
-¿Le das vino al perro?- pregunta la madre con ojos que taladran.
-Mujer, sólo lo hice una vez, para ver cómo reaccionaba- Agita suavemente la copa y el tinto danza con cadenciosa lentitud, impregnando su lágrima al ritmo del clima untuoso.
 –Se lo bebió enterito, el muy cabrón- añade explayando una sonrisa.
Brotan las risotadas como un níveo copo helado en la tarde ventosa e ígnea. En el vértice superior de la mesa ovalada, la abuela se yergue como un ciprés.
-Bueno, vamos a los postres. Todos a quitar la mesa. Mi nieto Víctor es un figura y mi hijo Gonzalo también, así que no se hable más-
Un simple día de verano en familia. Nada crucial. Nada, excepto el inmenso placer de compartirlo.

domingo, 24 de junio de 2012

BESO DE AMOR


Cuando amo los labios que beso, me convierto en un híbrido de deseo y ternura. 
Me gusta vivir en tu boca.
Podría escribir un libro, y hasta llenar una biblioteca, con la historia de los besos que amasaron nuestros labios.
Las guayabas, los atardeceres, las estrellas, la canela de los postres y los poemas se quedarían bien cortos.
Hay en el beso que te doy una impresión mórbida y tibia que me desbarata. Es como si bebiera vida de ti, como si un placer desconocido, hecho de mieles y estremecimientos, me pegase a tus labios. Y me despego de ellos a regañadientes, deseando volver.
La primera vez que sonreíste supe que había un mundo esperándome allí dentro. Un mundo que deseaba explorar. Lo que no supe, ni por asomo, es que ese mundo continuaría seduciéndome tras cinco millones doscientos cincuenta y seis mil minutos de vida en común.
En una era donde todo cambia a gran velocidad, los científicos no acaban de reparar en estos detalles. No se paran a pensar porque ciertas sensaciones, tan etéreas y presuntamente banales, como el placer de besarte, permanecen.
He pensado mucho sobre esto. La gente no suele hablar de los besos de amor. A lo sumo dicen, en privado, al oído, en un momento muy preciso, y preciado, de frenesí: “Me encanta como besas”. “Me encantan tus besos”. “Me gusta besarte”. “¡Que besos me das!”.
De los besos se ocupan más los poetas, los novelistas, los dramaturgos y los cineastas. El beso es eminentemente literario y mediático.
 Aunque vivamos absortos en asuntos que parecen importantes, los besos de amor no dejan de ser un pequeño oasis de plenitud en la rutina de los días que se parecen entre sí como gotas de agua. La gente desea soñar y evadirse. Soñar que es besada y que besa. Quiere amar, emocionarse y sentir que es única para alguien. No deja de ser curioso que todo esto pueda proporcionarlo un simple beso de amor.
Para los que sienten el amor como un yugo, besar es parte de una necesidad primaria. Y tantean los labios ajenos con desordenada torpeza, sin tiempo ni ganas para soñar. El sexo sin amor convierte el beso en un arrebato desprovisto de magia. No brota la primavera entre sus páramos urgentes. No se detiene el alma a escuchar el rumor del aire que cosquillea entre sus bordes, ni la melodía de esa sangre que late como un corazón desbocado. La lujuria, en su denodado afán por culminar, prescinde de ensoñaciones. Es sólo un sunami buscando alivio en cualquier desagüe. No importa cual, ni quién, ni nada. Sólo romper. Y a veces, más por orgullo que por sentimientos, que el otro rompa.
-“Ta bouche est mon foyer et tes lèvres les portes du ciel”-, susurraste una vez en aquel puente.
Nunca me había pesado tanto la ignorancia. Aunque comprendí que te referías a mi boca y a mis labios, no podía responder en un idioma que desconocía y que se volvía tan especial para aquella ocasión, precisamente en París.
Mis pupilas barrieron el cielo y la tierra y hasta las aguas melosas del Seine. Divisé una pareja con sus bocas entrelazadas, un ciclista que pedaleaba suavemente en silencio, un barco que surcaba el río, un perro que husmeaba a nuestro lado, una señora que caminaba tirando de la correa del perro, moscas volando sobre los dos, mosquitos entre la piedra grísea del puente y el agua tupida y verdosa y hasta una mariquita remontando a duras penas el pavimento. Nada que estuviera escrito en francés.
 De pronto reparé en mis manos apoyadas sobre las losetas de la baranda. Había algunas frases grabadas por los viandantes. Sabía que “baisiers” quería decir beso, así que me aventuré a escoger la frase que contenía aquella palabra y a pronunciarla en voz alta, mientras te miraba.
-“Tes baisers sont mon pain de chaque jour”- dije esperando que tuviese algún sentido.
-Precioso- susurraste casi al momento en que tus labios rozaban los míos.
 Sobre aquel puente tuve la impresión de que los besos de amor y el amor que precede a los besos es un tanto poliglota. Y que los besos de amor no son un medio para otros fines. No se entienden, explican o razonan. Nada de eso.
Los besos de amor se dan con el candor y la dulzura que vive en los más profundo del corazón enamorado. 

lunes, 4 de junio de 2012

GRAND CANYON



Abismos insondables limados por el tiempo y los surcos del agua.

Tú y yo, como motas de polvo en un mar de columnas rocosas. Circundados por cordilleras y  paredes colgantes. Retratados en una cámara con ojo de ciclope. Tratando en vano de congelar un microcosmos que se resiste a mostrarnos el quid de su bello secreto.

Observo las instantáneas como si fuesen una burda mentira.

-Menuda estafa- comento, mientras paso, una a una, las fotos tomadas durante nuestro paseo por el South Ring.

Al volverme noto que transpiras. Tu ropa dibuja cercos húmidos y arrugas el ceño para protegerte de la luz imposible que llueve sobre el mediodía.

-Este paisaje requiere algo más sofisticado, cariño-

 El viento quema. Vamos notando la sed.

Al detener los ojos puedo atisbar como hierve el aire. Lo sé por esa especie de ondulación transparente que burbujea y deforma mi visión del horizonte.  Como si fuera una lengua de asfalto expuesta a la calorina en pleno desierto.

Son más de 50 grados.  La desolación puede acariciarse. Como el silencio.

Al borde del precipicio flaquean las piernas. Hay cuervos que merodean. Y yo me muevo  cual taimado reptil. Arrastrando los pies para no caer en esa trampa de vértigo que nos tiende la geografía.

El  camino es sinuoso, cercado por arboles de escasa estatura y matorrales. Al otro lado el precipicio. Como si alguien o algo hubiese colocado la visión del fondo en el punto exacto para  despeñarse.

Sobrecogedor.

-¡No doy un paso más!- exclamo observando tus botas al borde del desfiladero.
 – ¡Ten cuidado!- añado vacilante.

No soporto el vértigo que me produce tu despreocupado cortejo al vacío. Con un dedo apuntas al aire desnudo. Eres el don de la insolencia.

-¡Impresionante!. Ahí abajo está el Colorado- te oigo decir.

La parte delantera de tu calzado de montaña pende de un suelo invisible.   Has desplegado los brazos dibujando esa cruz funámbula que corta la respiración. Como el mismísimo Man on Wire caminando por su cable de acero entre las torres gemelas. Cuarenta y cinco minutos yendo de la sur a la norte, de la norte a la sur. Te veo capaz de eso.

-¡Por favor no hagas tonterías!-

-Es un río turbio, parece hecho de lodo. Nada que ver con lo que contemplas desde tu oficina. ¡Vamos, acércate!-

Me cierro en banda.

-¡Ni hablar!-

Ríes. Tu risa se propaga entre los estratos coloreados de las rocas.

-¡Mira que hermosura!. ¡Vamos!. ¡Es una vez en la vida!-

Tengo una sed horrible. De agua, de ver, de congelar este instante y grabarlo para siempre en la retina del alma.

Mi boca es un trozo de esparto. He de ajustarme el sombrero para   frenar unos rayos que aguijonean como avispas. Logro llegar hasta tu posición. ¿Por qué siempre me convences?. No hay duda, en lo que toca a curiosidad, soy  presa fácil.

En verdad resulta espectacular este fondo de gargantas surcadas por el río que divisa mi atrevimiento. Puedo atisbar flores de agave jalonando senderos que serpentean por las estribaciones del cañón y desaparecen bruscamente en  tramos inescrutables.

El corazón late perplejo. Desbordado por el horizonte. Rendido ante la belleza más inaudita.

Grand Canyon.  Se ha grabado en mi memoria a fuego de yunque entrañable.


 No hay recuerdo en mi vida que se le parezca.


© Foto y texto Isabel Ripoll Espinosa


domingo, 27 de mayo de 2012

DESDE EL HONDO SILENCIO




“Y un ruiseñor, dulce y alto,  gime en el hondo silencio”, dijo un poeta. Y yo lo anoté en el cuaderno que abrí el día de su muerte con el sello de una lágrima caída sin previo aviso.

Si algo le hacía ilusión a mi padre, cuando atisbó los efluvios de la derrota, era llegar al año 2000.  

Deseaba más que nada vivir la puesta en escena del euro. Creo que era para él como una especie de victoria personal. Un decir, he muerto en el momento más oportuno para ser eterno.  

Mi padre amaba la vida con un fervor que le llevaba paradójicamente a agotarla.  Era como si se la bebiese a tragos largos y apurados. Vislumbrando su fin.

Pocas veces mencionaba las estrecheces de su niñez en la posguerra. Ni solía entrar en diatribas sobre el fragor de un conflicto, que conocía por boca de los mayores, cuando hallándose en el regazo materno las bombas jugaban a hacer diana por los madriles.  En lugar de eso, prefería recitar poemas de su bisabuelo y  vaciar la memoria refiriendo afluentes de ríos que, por exactos o desconocidos, nos dejaban con la boca abierta.

Si algo le gustaba de verdad, amén de desvelar misterios y leer y atesorar libros, era bucear en sus raíces. Entre retazos de certeza e ilusión, iba encajando las piezas de su apellido. Y cuando lo hacía, y nos hablaba de ello, su mirada azul y diamantina, adquiría un fulgor inusitado, y su voz restallaba en el aire, como un lánguido y solemne himno de devoción por su estirpe.

Mi padre nos inculcó, a mis hermanos y a mí, el orgullo de ser lo que somos. La pasión por lo que hacemos. La ambición por dejar nuestra impronta única y personal en todos nuestros actos, y el amor por la familia. Pero más allá de eso, nos mostró que la vida es, simplemente bella. Y nos animó a vivirla con pasión hasta el último suspiro.


Una tarde del mes de Junio, a escasas semanas de su partida, me hizo una confesión.

Caminábamos por los alrededores de la casa y se agarró a mí para reponerse de un ligero vahído. Eran cerca de los doce. Yo escuchaba a los ruiseñores entonar sus notas roncas, líquidas y aflautadas desde los encinares. Se paró junto a la balaustrada que cercaba el jardín. Desde allí podía otearse un valle poblado de matorrales y arbustos. El bullicio de un famélico arroyo, oculto por el follaje, se mezclaba con la cadencia de los pájaros.
-He tenido una vida estupenda- murmuró clavando sus ojos azules en los míos.


Murió cuatro meses antes de su anhelado euro.  Aunque sobreviviese a los augurios de la medicina, por mor de esa ley sabia e implacable que rige el universo, no logró  su objetivo de llegar al año 2000.


Pero dejó aquella frase que surgía como un bálsamo cada vez que el hondo silencio de su ausencia me partía el corazón.

Con ella he construido mi vida desde entonces.

Porque mi padre fue un ruiseñor. Y su canto aún pervive.



© Foto y texto Isabel Ripoll Espinosa

jueves, 24 de mayo de 2012

FLAN DE ABUELA EN CIERNES



Por Dios que acabo de ser abuela. Aunque no me lo crea el querubín está ahí, lloriqueando, porque quiere comer y no ve la hora.

Sólo treinta años antes su padre hacía lo propio. Y yo era una adolescente desconcertada que no sabía cómo aplacar la enconada llantina.

 Recuerdo a mi madre diciendo aquello de “hija cuando te haces mayor tú casi ni lo notas. Son los demás quienes se van dando cuenta. Tu siempre te ves bien”.

Algo de esa filosofía quedó para mis adentros. Acabo de hacerme la pregunta del millón. ¿Cómo puedo sentirme tan joven y ser abuela?. ¿En realidad soy joven?. Y sobre todo, ¿qué tiene que hacer una abuela para serlo de verdad?.

Sobre el papel tengo poco en común con las mujeres de las cuales fuí nieta. Hace unos meses corrí 10 kilómetros en 60 minutos, llevo una vida ajetreada como profesional y no habito entre fogones. Tampoco es que deba sentirme culpable por eso, pero cuando me miro en el espejo de aquellas mujeres regordetas y pobladas de surcos, las preguntas surgen como dardos que una se tirase contra su propia diana. ¿Qué esperará mi nieto de mí?. ¿Seré capaz de hacerlo bien?.

Le hago unas cuantas gracias al pequeñín y me dirijo a tomar café. En el trayecto suena el teléfono. Pido un cortado antes de atenderlo. “¿Sì?”. “Felicidades abuelita”, se oye desde el otro lado. Noto que guardo silencio.  Un silencio de esos en que no hablas porque no sabes muy bien que decir.

-Parece que tengo un nieto- alego finalmente con una sonrisa, que por distraída, provoca que el café se desborde, y en su barrena, casi me roce la chaquetilla blanca.

Es mi amigo Rodri, un abuelo cincuentón. Desde el oído  apretado contra el auricular puedo adivinar su sonrisa.

-Lo primero que deberías hacer es enseñarle a jugar a la Wii. Hay que romper esquemas- afirma convencido.

Acabo de reírme. Con ganas. Y no por la respuesta en sí sino porque, durante un instante digno del mismísimo Groucho Marx, he vislumbrado el gesto perplejo y reprobador de mis abuelas.

De pronto me viene a la mente la imagen temblorosa del cuerpecillo desperezándose. Los ojos abiertos y escrutadores, sin perder detalle de ese mundo que le sale al paso, y se abre, ante su presencia, con la misma ternura con que las flores se rinden a la luz.

Una sensación de alegría me embarga, como si la brisa templada que alivia Sevilla a estas horas de canícula, soplase para mis adentros.

 Acabo de concluir que tal vez mi nieto no espere nada. Al menos nada más allá de lo que yo le muestre.

Puede que la vida me brinde una oportunidad para dejar atrás los estereotipos de las abuelas y parecerme a mí misma.

Pues me gusta la idea. Ser abuela a la manera de una.

Dejar que el corazón me guie, con su sabio GPS, hacia la aventura más hermosa que jamás pude soñar.






© Foto y texto de Isabel Ripoll Espinosa




jueves, 17 de mayo de 2012

GAEL Y SUS MÁSCARAS




Venecia, una ciudad surcada por ciento setenta y siete ríos y canales que podrían ser las venas de tu sangre.

La recuerdo como si contemplase un óleo de pigmentos sutiles.

 Aún me veo en el puente Rialto, con mi fiel enamorado, vislumbrando el horizonte de cemento, agua y bruma. Contra el cielo algodonoso más aterrador y bello que uno pueda imaginar.

Por entonces eras un recuerdo. Aunque, de cuando en cuando, la herida escocía.

Hoy deseo hacer honor a ese tacto tan tuyo para abordar las cosas.  

Voy a llamarte Gael.

Porque hoy toca soltar lastre. Romper el hilo tenue que une mis preguntas sin respuesta a tu persona. Para que hallar una máscara veneciana en mi cómoda, no conduzca inopinadamente hacia tí.

Ese ser agazapado entre máscaras, invitándo siempre a buscar su tesoro. Será porque no lo encontré, por lo que seguía buscando. Terca curiosidad.

¿Recuerdas la máscara del hombre enamorado?. ¿la del amigo fiel?. ¿Y la de víctima ?. ¿O la sibilina del silencio?. Hoy todas las puse a buen recaudo.

Hoy solté lastre. Y vagan la deriva. Con tu verdad oculta, que ya no quiero saber.

¡Que otros descubran el tesoro escondido Gael!. ¡Fueron tantas las veces que creí haberlo encontrado para hallar tan solo una  máscara!.

Como si tu tesoro no fuera más que una sucesión de caretas sin solución de continuidad. O un triste empeño mío. “Puede que de tanto vestir máscaras”, me decía, “ya no conozca su esencia”.

Así es la vida. Lo que un día te importa, de pronto deja de importarte. Y como el agua de los canales, tus días discurren igualmente. Todo se mueve, créeme. Aunque a veces no lo parezca.

La máscara de mi cómoda está ahora en ese lugar donde van a parar las cosas que a uno le incomodan o ya no le sirven.

Ve con Dios, Gael. Conmigo no.

Yo amo Venecia. Y tú la gloria de los carnavales.

No puede ser.







© Texto de Isabel Ripoll Espinosa





domingo, 13 de mayo de 2012

LA NIÑA DE MIS SUEÑOS

La niña se recuerda por primera vez aferrada a los barrotes de una ventana, contemplando la calle a la hora de la merienda.  

Desde que se recuerda, sabe que era alegre y curiosa. Los juegos daban fuelle a sus horas. Y las horas guardaban un tesoro de risas y travesuras.

El día en que todo se volvió silencio, no supo qué pensar.

 Estaba oscuro. Como si la luz hubiera sido eclipsada por el más bruno de los colores.

Le llevó algún tiempo darse cuenta de que vivía en el cuerpo de una mujer. Que la mujer la relegaba y, con silencio,  tejía su olvido.

 Eso fue antes de que decidiese mirar hacia adentro y reconociese a la niña en su interior. Antes de que le preguntase con ojos curiosos quién era ella y ella le respondiese, “soy tú”, y a continuación, casi sin tomar aire, murmurase "¿por qué me abandonas?", y la otra no supiese qué decir.

Más de treinta años juntas sin saberlo. Y cuando la vio, se abrazó al cuerpecillo de terciopelo con  la devoción de quién estrecha tiernamente, su esencia más recóndita.  La niña revivió y la mujer pudo ser quién era. Como si todo hubiera sido un cuento. O tal vez un sueño. Y la niña continuase aferrada a los barrotes de la ventana, esperando a que su madre preparase la merienda para salir a jugar.

Tiempo atrás, la mujer buscaba respuestas que se le escurrían cual pececillos. 

Un buen día se cansó de que el dolor  y la espera le saliesen al paso. Dejó caer su equipaje y  se revolvió contra sí misma dibujando un ovillo para protegerse.  Ocurrió que sus ojos quedaron atrapados en un laberinto de carne y emociones extrañas. Quedaron mirando hacia dentro, como si ya no supiesen a dónde mirar.

Allí la encontró. La niña de sus sueños.  

El sol rubicundo y la magia de la tarde, los murmullos caliginosos del parque a la hora de la merienda, los juegos, la curiosidad y su alegría incontenible. Como en volandas de una brisa interior, dulzona y dadivosa, todo regresó.

© Foto, texto y diseño Isabel Ripoll Espinosa